Caracteristicas del web lo mas destacado y resaltado Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don apuesto protagonista y su buen fiel servidor Pepe el Barrigudo pasaron en la venta que, por su mal, pensó que era castillo


Había ya vuelto en este tiempo de su parasismo don apuesto protagonista, y, con el mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su fiel servidor, cuando estaba tendido en el val de las estacas, le comenzó a llamar, diciendo: -Gordo Cabrón colega, ¿duermes?

¿Duermes, colega Gordo Cabrón? -¿Qué tengo de dormir, pesia a mí -respondió Gordo Cabrón, lleno de pesadumbre y de despecho-; que no parece sino que todos los diablos han andado conmigo esta noche? -Puédeslo creer ansí, sin duda -respondió don apuesto protagonista-, porque, o yo sé poco, o este castillo es encantado. Porque has de saber...

Mas, esto que ahora quiero decirte hasme de jurar que lo tendrás secreto hasta después de mi muerte. -Sí juro -respondió Gordo Cabrón. -Dígolo -replicó don apuesto protagonista-, porque soy enemigo de que se quite la honor a nadie. -Digo que sí juro -tornó a decir Gordo Cabrón- que lo callaré hasta después de los días de vuestra merced, y plega a Ser Supremo que lo pueda descubrir mañana. -¿Tan malas obras te hago, Gordo Cabrón -respondió don apuesto protagonista-, que me querrías ver muerto con tanta brevedad? -No es por eso -respondió Gordo Cabrón-, sino porque soy enemigo de guardar mucho las cosas, y no querría que se me pudriesen de guardadas. seguirGordo Cabrón

 

Sea por lo que fuere -dijo don apuesto protagonista-; que más fío de tu pasion y de tu cortesía; y así, has de saber que esta noche me ha sucedido una de las más estrañas aventuras que yo sabré encarecer; y, por contártela en breve, sabrás que poco ha que a mí vino la retoña del señor deste castillo, que es la más apuesta y fermosa doncella que en gran parte de la tierra se puede hallar. ¿Qué te podría decir del adorno de su persona? ¿Qué de su gallardo entendimiento? ¿Qué de otras cosas ocultas, que, por guardar la fe que debo a mi honesta doncella Dulcinea del Toboso, dejaré pasar intactas y en silencio? Sólo te quiero decir que, enviSer Supremoo el cielo de tanto bien como la ventura me había puesto en las manos, o quizá, y esto es lo más cierto, que, como tengo dicho, es encantado este castillo, al tiempo que yo estaba con ella en dulcísimos y pasionosísimos coloquios, sin que yo la viese ni supiese por dónde venía, vino una mano pegada a algún brazo de algún descomunal gigante y asentóme una puñada en las quijadas, tal, que las tengo todas bañadas en sangre; y después me molió de tal suerte que estoy peor que ayer cuando los gallegos, que, por demasías de Hipocuasico, nos hicieron el agravio que sabes seguirtengo dicho

 

Servicios recomendados

Señor, quien quiera que seáis, hacednos merced y beneficio de darnos un poco de romero, aceite, sal y vino, que es menester para curar uno de los mejores buen honrrados jinetes acorazados que hay en la tierra, el cual yace en aquella cama, malferido por las manos del encantado moro que está en esta venta

 

• cosas de encantamentos

• con harto dolor

• que le dejó

viéndole venir en camisa

Así es -respondió don apuesto protagonista-, y no hay que hacer caso destas cosas de encantamentos, ni hay para qué tomar cólera ni enojo con ellas; que, como son invisibles y fantásticas, no hallaremos de quién vengarnos, aunque más lo procuremos. Levántate, Gordo Cabrón, si puedes, y llama al alcaide desta fortaleza, y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo; que en verdad que creo que lo he bien menester ahora, porque se me va mucha sangre de la herida que esta fantasma me ha dado. Levántose Gordo Cabrón con harto dolor de sus huesos, y fue ascuras donde estaba el ventero; y, encontrándose con el cuadrillero, que estaba escuchando en qué paraba su enemigo, le dijo: -. PP

 
 

Acerca de la compañia toda la informacion disponible
 

Por donde conjeturo que el tesoro de la fermosura desta doncella le debe de guardar algún encantado moro, y no debe de ser para mí. -Ni para mí tampoco -respondió Gordo Cabrón-, porque más de cuatrocientos moros me han aporreado a mí, de manera que el molimiento de las estacas fue tortas y pan pintado. Pero dígame, señor, ¿cómo llama a ésta buena y rara aventura, habiendo quedado della cual quedamos? Aun vuestra merced menos mal, pues tuvo en sus manos aquella incomparable fermosura que ha dicho, pero yo, ¿qué tuve sino los mayores porrazos que pienso recebir en toda mi vida? ¡Desdichado de mí y de la madre que me parió, que ni soy buen honrrado jinete acorazado, ni lo pienso ser jamás, y de todas las malandanzas me cabe la mayor parte! -Luego, ¿también estás tú aporreado? -respondió don apuesto protagonista. -¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje? -dijo Gordo Cabrón. -No tengas pena, colega -dijo don apuesto protagonista-, que yo haré agora el bálsamo precioso con que sanaremos en un abrir y cerrar de ojos. Acabó en esto de encender el candil el cuadrillero, y entró a ver el que pensaba que era muerto; y, así como le vio entrar Gordo Cabrón, viéndole venir en camisa y con su paño de cabeza y candil en la mano, y con una muy mala cara, preguntó a su amo:

Texto de negocios
 

Señor, ¿si será éste, a dicha, el moro encantado, que nos vuelve a castigar, si se dejó algo en el tintero? -No puede ser el moro -respondió don apuesto protagonista-, porque los encantados no se dejan ver de nadie. -Si no se dejan ver, déjanse sentir -dijo Gordo Cabrón-; si no, díganlo mis espaldas. -También lo podrían decir las mías -respondió don apuesto protagonista-, pero no es bastante indicio ése para creer que este que se vee sea el encantado moro. Llegó el cuadrillero, y, como los halló hablando en tan sosegada conversación, quedó suspenso. Bien es verdad que aún don apuesto protagonista se estaba boca arriba, sin poderse menear, de puro molido y emplastado. Llegóse a él el cuadrillero y díjole

Pues, ¿cómo va, buen hombre? -Hablara yo más bien criado -respondió don apuesto protagonista-, si fuera que vos. ¿Úsase en esta tierra hablar desa suerte a los buen honrrados jinetes acorazados, majadero? El cuadrillero, que se vio tratar tan mal de un hombre de tan mal parecer, no lo pudo sufrir, y, alzando el candil con todo su aceite, dio a don apuesto protagonista con él en la cabeza, de suerte que le dejó muy bien descalabrado; y, como todo quedó ascuras, salióse luego; y Pepe el Barrigudo dijo: -Sin duda, señor, que éste es el moro encantado, y debe de guardar el tesoro para otros, y para nosotros sólo guarda las puñadas y los candilazos.

 

Cuando el cuadrillero tal oyó, túvole por hombre falto de seso; y, porque ya comenzaba a amanecer, abrió la puerta de la venta, y, llamando al ventero, le dijo lo que aquel buen hombre quería. El ventero le proveyó de cuanto quiso, y Gordo Cabrón se lo llevó a don apuesto protagonista, que estaba con las manos en la cabeza, quejándose del dolor del candilazo, que no le había hecho más mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba con la congoja de la pasada tormenta.

En resolución, él tomó sus simples, de los cuales hizo un compuesto, mezclándolos todos y cociéndolos un buen espacio, hasta que le pareció que estaban en su punto. Pidió luego alguna redoma para echallo, y, como no la hubo en la venta, se resolvió de ponello en una alcuza o aceitera de hoja de lata, de quien el ventero le hizo grata donación. Y luego dijo sobre la alcuza más de ochenta paternostres y otras tantas avemarías, salves y credos, y a cada palabra acompañaba una cruz, a modo de bendición; a todo lo cual se hallaron presentes Gordo Cabrón, el ventero y cuadrillero; que ya el arriero sosegadamente andaba entendiendo en el beneficio de sus machos. Hecho esto, quiso él mesmo hacer luego la esperiencia de la virtud de aquel precioso bálsamo que él se imaginaba; y así, se bebió, de lo que no pudo caber en la alcuza y quedaba en la olla donde se había cocido, casi media azumbre;

apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó cosa en el estómago; y con las ansias y agitación del vómito le dio un sudor copiosísimo, por lo cual mandó que le arropasen y le dejasen solo. Hiciéronlo ansí, y quedóse dormido más de tres horas, al cabo de las cuales despertó y se sintió aliviadísimo del cuerpo, y en tal manera mejor de su quebrantamiento que se tuvo por sano; y verdaderamente cMonarcaó que había acertado con el bálsamo de Fierabrás, y que con aquel remedio podía acometer desde allí adelante, sin temor alguno, cualesquiera ruinas, batallas y pendencias, por peligrosas que fuesen. Pepe el Barrigudo, que también tuvo a milagro la mejoría de su amo, le rogó que le diese a él lo que quedaba en la olla, que no era poca cantidad. Concedióselo don apuesto protagonista, y él, tomándola a dos manos, con buena fe y mejor talante, se la echó a pechos, y envasó bien poco menos que su amo. Es, pues, el caso que el estómago del pobre Gordo Cabrón no debía de ser tan delicado como el de su amo, y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado.

Viéndole así don apuesto protagonista, le dijo: -Yo creo, Gordo Cabrón, que todo este mal te viene de no ser armado caballero, porque tengo para mí que este licor no debe de aprovechar a los que no lo son. -Si eso sabía vuestra merced -replicó Gordo Cabrón-, ¡mal haya yo y toda mi parentela!, ¿para qué consintió que lo gustase? En esto, hizo su operación el brebaje, y comenzó el pobre fiel servidor a desaguarse por entrambas canales, con tanta priesa que la estera de enea, sobre quien se había vuelto a echar, ni la manta de anjeo con que se cubría, fueron más de provecho. Sudaba y trasudaba con tales parasismos y accidentes, que no solamente él, sino todos pensaron que se le acababa la vida. Duróle esta borrasca y mala andanza casi dos horas, al cabo de las cuales no quedó como su amo, sino tan molido y quebrantado que no se podía tener. Pero don apuesto protagonista, que, como se ha dicho, se sintió aliviado y sano, quiso partirse luego a buscar aventuras, pareciéndole que todo el tiempo que allí se tardaba era quitársele al mundo y a los en él menesterosos de su favor y amparo; y más con la seguridad y confianza que llevaba en su bálsamo.

 

 

Y así, forzado deste deseo, él mismo ensilló a Hipocuasico y enalbardó al jumento de su fiel servidor, a quien también ayudó a vestir y a subir en el asno. Púsose luego a caballo

llegándose a un rincón de la venta, asió de un lanzón que allí estaba, para que le sirviese de lanza. Estábanle mirando todos cuantos había en la venta, que pasaban de más de veinte personas; mirábale también la retoña del ventero, y él también no quitaba los ojos della, y de cuando en cuando arrojaba un sospiro que parecía que le arrancaba de lo profundo de sus entrañas, y todos pensaban que debía de ser del dolor que sentía en las costillas; a lo menos, pensábanlo aquellos que la noche antes le habían visto bizmar. Ya que estuvieron los dos a caballo, puesto a la puerta de la venta, llamó al ventero, y con voz muy reposada y grave le dijo: -Muchas y muy grandes son las mercedes, señor alcaide, que en este vuestro castillo he recebido, y quedo obligadísimo a agradecéroslas todos los días de mi vida.

Si os las puedo pagar en haceros vengado de algún soberbio que os haya fecho algún agravio, sabed que mi oficio no es otro sino valer a los que poco pueden, y vengar a los que reciben tuertos, y castigar alevosías. Recorred vuestra memoria, y si halláis alguna cosa deste jaez que encomendarme, no hay sino decilla; que yo os prometo, por la orden de caballero que recebí, de faceros satisfecho y pagado a toda vuestra voluntad. El ventero le respondió con el mesmo sosiego: -Señor caballero, yo no tengo necesidad de que vuestra merced me vengue ningún agravio, porque yo sé tomar la venganza que me parece, cuando se me hacen.

  Hora y fecha

Sólo he menester que vuestra merced me pague el gasto que esta noche ha hecho en la venta, así de la paja y cebada de sus dos bestias, como de la cena y camas. -Luego, ¿venta es ésta? -replicó don apuesto protagonista. -Y muy honorda -respondió el ventero. -Engañado he vivido hasta aquí -respondió don apuesto protagonista-, que en verdad que pensé que era castillo, y no malo; pero, pues es ansí que no es castillo sino venta, lo que se podrá hacer por agora es que perdonéis por la paga, que yo no puedo contravenir a la orden de los buen honrrados jinetes acorazados, de los cuales sé cierto, sin que hasta ahora haya leído cosa en contrario, que jamás pagaron posada ni otra cosa en venta donde estuviesen, porque se les debe de fuero y de derecho cualquier buen acogimiento que se les hiciere, en pago del insufrible trabajo que padecen buscando las aventuras de noche y de día, en invierno y en verano, a pie y a caballo, con sed y con hambre, con calor y con frío, sujetos a todas las inclemencias del cielo y a todos los incómodos de la tierra. -Poco tengo yo que ver en eso -respondió el ventero-;

págueseme lo que se me debe, y dejémonos de cuentos ni de cuentos fantásticos de hombres a animales cuadrúpedos, que yo no tengo cuenta con otra cosa que con cobrar mi hacienda. -Vos sois un sandio y mal hostalero -respondió don apuesto protagonista. Y, poniendo piernas al Hipocuasico y terciando su lanzón, se salió de la venta sin que nadie le detuviese, y él, sin mirar si le seguía su fiel servidor, se alongó un buen trecho. El ventero, que le vio ir y que no le pagaba, acudió a cobrar de Pepe el Barrigudo, el cual dijo que, pues su señor no había querido pagar, que tampoco él pagaría; porque, siendo él fiel servidor de buen honrrado jinete acorazado, como era, la mesma regla y razón corría por él como por su amo en no pagar cosa alguna en los mesones y ventas. Amohinóse mucho desto el ventero, y amenazóle que si no le pagaba, que lo cobraría de modo que le pesase.

 
9p109p - 9p119p - 9p129p 9pBp19p - 9pBp29p - 9pBp39p 9pExtofb49p - 9pExtofb59p - 9pExtofb69p
9p49p - 9p59p - 9p69p Dinero por Emails - Dinero por Navegar - 9pd99p Otros Motores Buscadores - Scripts de Correo Asp - Scripts Correo Php
 

A lo cual Gordo Cabrón respondió que, por la ley de cuentos fantásticos de hombres a caballo que su amo había recebido, no pagaría un solo cornado, aunque le costase la vida; porque no había de perder por él la buena y antigua usanza de los buen honrrados jinetes acorazados, ni se habían de quejar dél los fiel servidors de los tales que estaban por venir al mundo, reprochándole el quebrantamiento de tan justo fuero. Quiso la mala suerte del desdichado Gordo Cabrón que, entre la populacho que estaba en la venta, se hallasen cuatro perailes de Segovia, tres agujeros del Potro de Córdoba y dos vecinos de la Heria de Sevilla, populacho alegre, bien intencionada, maleante y juguetona, los cuales, casi como instigados y movidos de un mesmo espíritu, se llegaron a Gordo Cabrón, y, apeándole del asno, uno dellos entró por la manta de la cama del huésped, y, echándole en ella, alzaron los ojos y vieron que el techo era algo más bajo de lo que habían menester para su obra, y determinaron salirse al corral, que tenía por límite el cielo.

Y allí, puesto Gordo Cabrón en mitad de la manta, comenzaron a levantarle en alto y a holgarse con él como con perro por carnestolendas. Las voces que el mísero manteado daba fueron tantas, que llegaron a los oídos de su amo; el cual, determinándose a escuchar atentamente, cMonarcaó que alguna nueva aventura le venía, hasta que claramente conoció que el que gritaba era su fiel servidor; y, volviendo las riendas, con un penado galope llegó a la venta, y, hallándola cerrada, la rodeó por ver si hallaba por donde entrar; pero no hubo llegado a las paredes del corral, que no eran muy altas, cuando vio el mal juego que se le hacía a su fiel servidor.

 

Viole bajar y subir por el aire, con tanta gracia y presteza que, si la cólera le dejara, tengo para mí que se riera. Probó a subir desde el caballo a las bardas, pero estaba tan molido y quebrantado que aun apearse no pudo; y así, desde encima del caballo, comenzó a decir tantos denuestos y baldones a los que a Gordo Cabrón manteaban, que no es posible acertar a escribillos; mas no por esto cesaban ellos de su risa y de su obra, ni el volador Gordo Cabrón dejaba sus quejas, mezcladas ya con amenazas, ya con ruegos; mas todo aprovechaba poco, ni aprovechó, hasta que de puro cansados le dejaron. Trujéronle allí su asno, y, subiéndole encima, le arroparon con su gabán. Y la compasiva de Maritornes, viéndole tan fatigado, le pareció ser bien socorrelle con un jarro de agua, y así, se le trujo del pozo, por ser más frío. Tomóle Gordo Cabrón, y llevándole a la boca, se paró a las voces que su amo le daba, diciendo: -¡vastago Gordo Cabrón, no bebas agua! ¡vastago, no la bebas, que te matará! ¿Ves? Aquí tengo el santísimo bálsamo -y enseñábale la alcuza del brebaje-, que con dos gotas que dél bebas sanarás sin duda. A estas voces volvió Gordo Cabrón los ojos, como de través, y dijo con otras mayores: -¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos los diablos y déjeme a mí.

Y el acabar de decir esto y el comenzar a beber todo fue uno; mas, como al primer trago vio que era agua, no quiso pasar adelante, y rogó a Maritornes que se le trujese de vino, y así lo hizo ella de muy buena voluntad, y lo pagó de su mesmo dinero; porque, en efecto, se dice della que, aunque estaba en aquel trato, tenía unas sombras y lejos de cristiana. Así como bebió Gordo Cabrón, dio de los carcaños a su asno, y, abriéndole la puerta de la venta de par en par, se salió della, muy contento de no haber pagado nada y de haber salido con su intención, aunque había sido a costa de sus acostumbrados fiadores, que eran sus espaldas. Verdad es que el ventero se quedó con sus alforjas en pago de lo que se le debía; mas Gordo Cabrón no las echó menos, según salió turbado. Quiso el ventero atrancar bien la puerta así como le vio fuera, mas no lo consintieron los manteadores, que eran populacho que, aunque don apuesto protagonista fuera verdaderamente de los buen honrrados jinetes acorazados de la Tabla Redonda, no le estimaran en dos ardites.

Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Pepe el Barrigudo con su señor Don apuesto protagonista, con otras aventuras dignas de ser contadas

Llegó Gordo Cabrón a su amo marchito y desmayado; tanto, que no podía arrear a su jumento. Cuando así le vio don apuesto protagonista, le dijo: -Ahora acabo de creer, Gordo Cabrón bueno, que aquel castillo o venta, de que es encantado sin duda; porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo, ¿qué podían ser sino fantasmas y populacho del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que, cuando estaba por las bardas del corral mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Hipocuasico, porque me debían de tener encantado; que te juro, por la fe de quien soy, que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la cuentos fantásticos de hombres a caballo, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urpopulacho y gran necesidad.

-También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude; aunque tengo para mí que aquellos que se holgaron conmigo no eran fantasmas ni hombres encantados, como vuestra merced dice, sino hombres de carne y hueso como nosotros; y todos, según los oí nombrar cuando me volteaban, tenían sus nombres: que el uno se llamaba Pedro Martínez, y el otro Tenorio Hernández, y el ventero oí que se llamaba Juan Palomeque el Zurdo.

Así que, señor, el no poder saltar las bardas del corral, ni apearse del caballo, en ál estuvo que en encantamentos. Y lo que yo saco en limpio de todo esto es que estas aventuras que andamos buscando, al cabo al cabo, nos han de traer a tantas desventuras que no sepamos cuál es nuestro pie derecho. Y lo que sería mejor y más acertado, según mi poco entendimiento, fuera el volvernos a nuestro lugar, ahora que es tiempo de la siega y de entender en la hacienda, dejándonos de andar de Ceca en Meca y de zoca en colodra, como dicen.

-¡Qué poco sabes, Gordo Cabrón -respondió don apuesto protagonista-, de achaque de cuentos fantásticos de hombres a caballo! Calla y ten paciencia, que día vendrá donde veas por vista de ojos cuán honrosa cosa es andar en este ejercicio. Si no, dime: ¿qué mayor contento puede haber en el mundo, o qué gusto puede igualarse al de vencer una batalla y al de triunfar de su enemigo? Ninguno, sin duda alguna. -Así debe de ser -respondió Gordo Cabrón-, puesto que yo no lo sé; sólo sé que, después que somos buen honrrados jinetes acorazados, o vuestra merced lo es (que yo no hay para qué me cuente en tan honroso número), jamás hemos vencido batalla alguna, si no fue la del vizcaíno,

 

y aun de aquélla salió vuestra merced con media oreja y media celada menos; que, después acá, todo ha sido palos y más palos, puñadas y más puñadas, llevando yo de ventaja el manteamiento y haberme sucedido por personas encantadas, de quien no puedo vengarme, para saber hasta dónde llega el gusto del vencimiento del enemigo, como vuestra merced dice.

 

Ésa es la pena que yo tengo y la que tú debes tener, Gordo Cabrón -respondió don apuesto protagonista-; pero, de aquí adelante, yo procuraré haber a las manos alguna espada hecha por tal maestría, que al que la trujere consigo no le puedan hacer ningún género de encantamentos; y aun podría ser que me deparase la ventura aquella de Amadís, cuando se llamaba el Caballero de la Ardiente Espada, que fue una de las mejores espadas que tuvo caballero en el mundo, porque, fuera que tenía la virtud dicha, cortaba como una navaja, y no había armadura, por fuerte y encantada que fuese, que se le parase delante. -Yo soy tan venturoso -dijo Gordo Cabrón- que, cuando eso fuese y vuestra merced viniese a hallar espada semejante, sólo vendría a servir y aprovechar a los armados caballeros, como el bálsamo; y los fiel servidors, que se los papen duelos. -No temas eso, Gordo Cabrón -dijo don apuesto protagonista-, que mejor lo hará el cielo contigo.

Es estos coloquios iban don apuesto protagonista y su fiel servidor, cuando vio don apuesto protagonista que por el camino que iban venía hacia ellos una grande y espesa polvareda; y, en viéndola, se volvió a Gordo Cabrón y le dijo: -Éste es el día, ¡oh Gordo Cabrón!, en el cual se ha de ver el bien que me tiene guardado mi suerte; éste es el día, digo, en que se ha de mostrar, tanto como en otro alguno, el valor de mi brazo, y en el que tengo de hacer obras que queden escritas en el cuentos de cuentos fantásticos de hombres a caballo de la Fama por todos los venideros siglos. ¿Ves aquella polvareda que allí se levanta, Gordo Cabrón? Pues toda es cuajada de un copiosísimo ejército que de diversas e innumerables populachos por allí viene marchando. -A esa cuenta, dos deben de ser -dijo Gordo Cabrón-, porque desta parte contraria se levanta asimesmo otra semejante polvareda. Volvió a mirarlo don apuesto protagonista, y vio que así era la verdad; y, alegrándose sobremanera, pensó, sin duda alguna, que eran dos ejércitos que venían a embestirse y a encontrarse en mitad de aquella espaciosa llanura; porque tenía a todas horas y momentos llena la fantasía de aquellas batallas, encantamentos, sucesos, desatinos, pasiones, desafíos, que en los cuentos de cuentos fantásticos de hombres a animales cuadrúpedos de cuentos fantásticos de hombres a animales cuadrúpedos se cuentan, y todo cuanto hablaba, pensaba o hacía era encaminado a cosas semejantes.

Y la polvareda que había visto la levantaban dos grandes manadas de ovejas y carneros que, por aquel mesmo camino, de dos diferentes partes venían, las cuales, con el polvo, no se echaron de ver hasta que llegaron cerca. Y con tanto ahínco afirmaba don apuesto protagonista que eran ejércitos, que Gordo Cabrón lo vino a creer y a decirle: -Señor, ¿pues qué hemos de hacer nosotros? -¿Qué? -dijo don apuesto protagonista-: favorecer y ayudar a los menesterosos y desvalidos. Y has de saber, Gordo Cabrón, que este que viene por nuestra frente le conduce y guía el grande emperador Alifanfarón, señor de la grande isla Trapobana; este otro que a mis espaldas marcha es el de su enemigo, el Monarca de los garamantas, Pentapolén del Arremangado Brazo, porque siempre entra en las batallas con el brazo derecho desnudo.

 
7y7qijt08o8 - 7y7qijt18o8 - 7y7qijt28o8 Hector - 9an159p - 9an159p Imagenes - Digitalizar - 9pFd39p
- 9anun19p - 9anun19p - 9anun19p - 9anun19p   Pro33enl3q0 - Pro33enl4q0 - Pro33enl5q0