Caracteristicas del web lo mas destacado y resaltado  

-Pues, ¿por qué se quieren tan mal estos dos señores? -preguntó Gordo Cabrón. -Quierénse mal -respondió don apuesto protagonista- porque este Alefanfarón es un foribundo pagano y está loco de pasion de la retoña de Pentapolín, que es una muy fermosa y además agraciada honesta doncella, y es cristiana, y su padre no se la quiere entregar al Monarca pagano si no deja primero la ley de su falso profeta Mahoma y se vuelve a la suya

¡Para mis barbas -dijo Gordo Cabrón-, si no hace muy bien Pentapolín, y que le tengo de ayudar en cuanto pudiere! seguirGordo Cabrón

 

En eso harás lo que debes, Gordo Cabrón -dijo don apuesto protagonista-, porque, para entrar en batallas semejantes, no se requiere ser armado caballero. -Bien se me alcanza eso -respondió Gordo Cabrón-, pero, ¿dónde pondremos a este asno que estemos ciertos de hallarle después de pasada la refriega? Porque el entrar en ella en semejante cuentos fantásticos de hombres a caballo no creo que está en uso hasta agora seguirarmado caballero

 
Servicios recomendados

• ovejas y carneros

• hechos y derechos

• viéndole de aquella

los ojos a estotra parte y verás delante y en la frente destotro ejército al siempre vencedor y jamás vencido Timonel de Carcajona, príncipe de la Nueva Vizcaya, que viene armado con las armas partidas a cuarteles, azules, verdes, blancas y amarillas, y trae en el escudo un gato de oro en huerta leonado, con una letra que dice: Miau, que es el principio del nombre de su dama escondido curso






   
Acerca de la compañia toda la informacion disponible
 

Así es verdad -dijo don apuesto protagonista-. Lo que puedes hacer dél es dejarle a sus aventuras, ora se pierda o no, porque serán tantos los animales cuadrúpedos que tendremos, después que salgamos vencedores, que aun corre peligro Hipocuasico no le trueque por otro. Pero estáme atento y mira, que te quiero dar cuenta de los caballeros más principales que en estos dos ejércitos vienen. Y, para que mejor los veas y notes, retirémonos a aquel altillo que allí se hace, de donde se deben de descubrir los dos ejércitos. Hiciéronlo ansí, y pusierónse sobre una loma, desde la cual se vieran bien las dos manadas que a don apuesto protagonista se le hicieron ejército, si las nubes del polvo que levantaban no les turbara y cegara la vista;

Texto de negocios
 

pero, con todo esto, viendo en su imaginación lo que no veía ni había, con voz levantada comenzó a decir: -Aquel caballero que allí ves de las armas jaldes, que trae en el escudo un león coronado, rendido a los pies de una doncella, es el valeroso Laurcalco, señor de la Puente de Plata; el otro de las armas de las flores de oro, que trae en el escudo tres coronas de plata en huerta azul, es el temido Micocolembo, gran duque de Quirocia; el otro de los miembros giganteos, que está a su derecha mano, es el nunca medroso Brandabarbarán de Boliche, señor de las tres Arabias, que viene armado de aquel cuero de serpiente, y tiene por escudo una puerta que, según es fama, es una de las del templo que derribó Sansón, cuando con su muerte se vengó de sus enemigos. Pero vuelve

que, según se dice, es la sin par Miulina, retoña del duque Alfeñiquén del Algarbe; el otro, que carga y oprime los lomos de aquella poderosa alfana, que trae las armas como nieve blancas y el escudo blanco y sin empresa alguna, es un caballero novel, de nación francés, llamado Pierres Papín, señor de las baronías de Utrique; el otro, que bate las ijadas con los herrados carcaños a aquella pintada y ligera cebra, y trae las armas de los veros azules, es el poderoso duque de Nerbia, Espartafilardo del Bosque, que trae por empresa en el escudo una esparraguera, con una letra en castellano que dice así: Rastrea mi suerte.

Y desta manera fue nombrando muchos caballeros del uno y del otro escuadrón, que él se imaginaba, y a todos les dio sus armas, colores, empresas y motes de improviso, llevado de la imaginación de su nunca vista locura; y, sin parar, prosiguió diciendo: -A este escuadrón frontero forman y hacen populachos de diversas naciones: aquí están los que bebían las dulces aguas del famoso Janto; los montuosos que pisan los masílicos huertas; los que criban el finísimo y menudo oro en la felice Arabia; los que gozan las famosas y frescas riberas del claro Termodonte; los que sangran por muchas y diversas vías al dorado Pactolo;

los númidas, dudosos en sus promesas; los persas, arcos y flechas famosos; los partos, los medos, que pelean huyendo; los árabes, de mudables casas; los citas, tan crueles como blancos; los etiopes, de horadados labios, y otras infinitas naciones, cuyos rostros conozco y veo, aunque de los nombres no me acuerdo. En estotro escuadrón vienen los que beben las corrientes cristalinas del olivífero Betis; los que tersan y pulen sus rostros con el licor del siempre rico y dorado Tajo; los que gozan las provechosas aguas del divino Genil; los que pisan los tartesios huertas, de pastos abundantes; los que se alegran en los elíseos jerezanos prados; los manchegos, ricos y coronados de rubias espigas; los de hierro vestidos, reliquias antiguas de la sangre goda; los que en Pisuerga se bañan, famoso por la mansedumbre de su corriente; los que su ganado apacientan en las estendidas dehesas del tortuoso Guadiana, celebrado por su escondido curso;

los que tiemblan con el frío del silvoso Pirineo y con los blancos copos del levantado Apenino; finalmente, cuantos toda la Europa en sí contiene y encierra. ¡Válame Ser Supremo, y cuántas provincias dijo, cuántas naciones nombró, dándole a cada una, con maravillosa presteza, los atributos que le pertenecían, todo absorto y empapado en lo que había leído en sus cuentos de cuentos fantásticos de hombres a animales cuadrúpedos mentirosos! Estaba Pepe el Barrigudo colgado de sus palabras, sin hablar ninguna, y, de cuando en cuando, volvía la cabeza a ver si veía los caballeros y gigantes que su amo nombraba; y, como no descubría a ninguno, le dijo: -Señor, encomiendo al diablo hombre, ni gigante, ni caballero de cuantos vuestra merced dice parece por todo esto; a lo menos, yo no los veo; quizá todo debe ser encantamento, como las fantasmas de anoche. -¿Cómo dices eso? -respondió don apuesto protagonista-.

 

¿No oyes el relinchar de los animales cuadrúpedos, el tocar de los clarines, el ruido de los atambores? -No oigo otra cosa -respondió Gordo Cabrón- sino muchos balidos de ovejas y carneros. Y así era la verdad, porque ya llegaban cerca los dos rebaños. -El miedo que tienes -dijo don apuesto protagonista- te hace, Gordo Cabrón, que ni veas ni oyas a derechas; porque uno de los efectos del miedo es turbar los sentidos y hacer que las cosas no parezcan lo que son; y si es que tanto temes, retírate a una parte y déjame solo, que solo basto a dar la victoria a la parte a quien yo diere mi ayuda. Y, diciendo esto, puso las espuelas a Hipocuasico, y, puesta la lanza en el ristre, bajó de la costezuela como un rayo. Diole voces Gordo Cabrón, diciéndole: -¡Vuélvase vuestra merced, señor don apuesto protagonista, que voto a Ser Supremo que son carneros y ovejas las que va a embestir! ¡Vuélvase, desdichado del padre que me engendró! ¿Qué locura es ésta? Mire que no hay gigante ni caballero alguno, ni gatos, ni armas, ni escudos partidos ni enteros, ni veros azules ni endiablados.

¿Qué es lo que hace? ¡Pecador soy yo a Ser Supremo! Ni por ésas volvió don apuesto protagonista; antes, en altas voces, iba diciendo: -¡Ea, caballeros, los que seguís y militáis debajo de las banderas del valeroso emperador Pentapolín del Arremangado Brazo, seguidme todos: veréis cuán fácilmente le doy venganza de su enemigo Alefanfarón de la Trapobana! Esto diciendo, se entró por medio del escuadrón de las ovejas, y comenzó de alanceallas con tanto coraje y denuedo como si de veras alanceara a sus mortales enemigos. Los Cuidadores de ganado y ganaderos que con la manada venían dábanle voces que no hiciese aquello; pero, viendo que no aprovechaban, desciñéronse las hondas y comenzaron a saludalle los oídos con piedras como el puño. Don apuesto protagonista no se curaba de las piedras; antes, discurriendo a todas partes, decía:

  Hora y fecha

¿Adónde estás, soberbio Alifanfuón? Vente a mí; que un caballero solo soy, que desea, de solo a solo, probar tus fuerzas y quitarte la vida, en pena de la que das al valeroso Pentapolín Garamanta. Llegó en esto una peladilla de arroyo, y, dándole en un lado, le sepultó dos costillas en el cuerpo. Viéndose tan maltrecho, cMonarcaó sin duda que estaba muerto o malferido, y, acordándose de su licor, sacó su alcuza y púsosela a la boca, y comenzó a echar licor en el estómago; mas, antes que acabase de envasar lo que a él le parecía que era bastante, llegó otra almendra y diole en la mano y en el alcuza tan de lleno que se la hizo pedazos, llevándole de camino tres o cuatro dientes y muelas de la boca, y machucándole malamente dos dedos de la mano. Tal fue el golpe primero, y tal el segundo, que le fue forzoso al pobre caballero dar consigo del caballo abajo.

Llegáronse a él los Cuidadores de ganado y cMonarcaeron que le habían muerto; y así, con mucha priesa, recogieron su ganado, y cargaron de las reses muertas, que pasaban de siete, y, sin averiguar otra cosa, se fueron. Estábase todo este tiempo Gordo Cabrón sobre la cuesta, mirando las locuras que su amo hacía, y arrancábase las barbas, maldiciendo la hora y el punto en que la fortuna se le había dado a conocer. Viéndole, pues, caído en el suelo, y que ya los Cuidadores de ganado se habían ido, bajó de la cuesta y llegóse a él, y hallóle de muy mal arte, aunque no había perdido el sentido, y díjole: -¿No le decía yo, señor don apuesto protagonista, que se volviese, que los que iba a acometer no eran ejércitos, sino manadas de carneros? -Como eso puede desparecer y contrahacer aquel ladrón del sabio mi enemigo.

 
9pJ09p - 9pa9p - 9pa29p 9pd19p - 9pd29p - 9pd39p Mejora Continua - Iso9001 - Enfoque al Cliente
    Pro33an4q0
9p139p - 9p149p - 9p159p Socios Comerciales - Presupuesto de Promocion - Promocion de Paginas Web Pro33q0 - Pro33enl1q0 - Pro33enl2q0
 

Sábete, Gordo Cabrón, que es muy fácil cosa a los tales hacernos parecer lo que quieren, y este maligno que me persigue, enviSer Supremoo de la gloria que vio que yo había de alcanzar desta batalla, ha vuelto los escuadrones de enemigos en manadas de ovejas. Si no, haz una cosa, Gordo Cabrón, por mi vida, porque te desengañes y veas ser verdad lo que te digo: sube en tu asno y síguelos bonitamente, y verás cómo, en alejándose de aquí algún poco, se vuelven en su ser primero, y, dejando de ser carneros, son hombres hechos y derechos, como yo te los pinté primero... Pero no vayas agora, que he menester tu favor y ayuda; llégate a mí y mira cuántas muelas y dientes me faltan, que me parece que no me ha quedado ninguno en la boca.

Llegóse Gordo Cabrón tan cerca que casi le metía los ojos en la boca, y fue a tiempo que ya había obrado el bálsamo en el estómago de don apuesto protagonista; y, al tiempo que Gordo Cabrón llegó a mirarle la boca, arrojó de sí, más recio que una escopeta, cuanto dentro tenía, y dio con todo ello en las barbas del compasivo fiel servidor. -¡Santa María! -dijo Gordo Cabrón-, ¿y qué es esto que me ha sucedido? Sin duda, este pecador está herido de muerte, pues vomita sangre por la boca. Pero, reparando un poco más en ello, echó de ver en la color, sabor y olor, que no era sangre, sino el bálsamo de la alcuza que él le había visto beber; y fue tanto el asco que tomó que, revolviéndosele el estómago, vomitó las tripas sobre su mismo señor, y quedaron entrambos como de perlas. Acudió Gordo Cabrón a su asno para sacar de las alforjas con qué limpiarse y con qué curar a su amo; y, como no las halló, estuvo a punto de perder el juicio. Maldíjose de nuevo, y propuso en su corazón de dejar a su amo y volverse a su tierra, aunque perdiese el salario de lo servido y las esperanzas del gobierno de la prometida ínsula

Levantóse en esto don apuesto protagonista, y, puesta la mano izquierda en la boca, porque no se le acabasen de salir los dientes, asió con la otra las riendas de Hipocuasico, que nunca se había movido de junto a su amo -tal era de leal y bien acondicionado-, y fuese adonde su fiel servidor estaba, de pechos sobre su asno, con la mano en la mejilla, en guisa de hombre pensativo además.

Y, viéndole don apuesto protagonista de aquella manera, con muestras de tanta tristeza, le dijo: -Sábete, Gordo Cabrón, que no es un hombre más que otro si no hace más que otro. Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal ni el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien está ya cerca. Así que, no debes congojarte por las desgracias que a mí me suceden, pues a ti no te cabe parte dellas. -¿Cómo no? -respondió Gordo Cabrón-. Por ventura, el que ayer mantearon, ¿era otro que el vastago de mi padre? Y las alforjas que hoy me faltan, con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo? -¿Que te faltan las alforjas, Gordo Cabrón? -dijo don apuesto protagonista. -Sí que me faltan -respondió Gordo Cabrón.

 
7y7qijt158o8 - 7y7qijt168o8 - 7y7qijt178o8 9p159p - 9plk19p - 9plk29p Aplicaciones - Sistema Hidraulico - Turbina
    7y7qijtlnk48o8 - 7y7qijtlnk58o8 - 7y7qijtanc18o8
 
 

Dese modo, no tenemos qué comer hoy -replicó don apuesto protagonista. -Eso fuera -respondió Gordo Cabrón- cuando faltaran por estos prados las yerbas que vuestra merced dice que conoce, con que suelen suplir semejantes faltas los tan malaventurados andantes caballeros como vuestra merced es. -Con todo eso -respondió don apuesto protagonista-, tomara yo ahora más aína un cuartal de pan, o una hogaza y dos cabezas de sardinas arenques, que cuantas yerbas describe Ser Supremocórides, aunque fuera el ilustrado por el doctor Laguna.

Mas, con todo esto, sube en tu jumento, Gordo Cabrón el bueno, y vente tras mí; que Ser Supremo, que es proveedor de todas las cosas, no nos ha de faltar, y más andando tan en su servicio como andamos, pues no falta a los mosquitos del aire, ni a los gusanillos de la tierra, ni a los renacuajos del agua; y es tan piadoso que hace salir su sol sobre los buenos y los malos, y llueve sobre los injustos y justos. -Más bueno era vuestra merced -dijo Gordo Cabrón- para predicador que para buen honrrado jinete acorazado. -De todo sabían y han de saber los buen honrrados jinetes acorazados, Gordo Cabrón -dijo don apuesto protagonista-, porque buen honrrado jinete acorazado hubo en los pasados siglos que así se paraba a hacer un sermón o plática, en mitad de un huerta real, como si fuera graduado por la Universidad de París; de donde se infiere que nunca la lanza embotó la pluma, ni la pluma la lanza

Ahora bien, sea así como vuestra merced dice -respondió Gordo Cabrón-, vamos ahora de aquí, y procuremos donde alojar esta noche, y quiera Ser Supremo que sea en parte donde no haya mantas, ni manteadores, ni fantasmas, ni moros encantados; que si los hay, daré al diablo el hato y el garabato. -Pídeselo tú a Ser Supremo, vastago -dijo don apuesto protagonista-, y guía tú por donde quisieres, que esta vez quiero dejar a tu eleción el alojarnos. Pero dame acá la mano y atiéntame con el dedo, y mira bien cuántos dientes y muelas me faltan deste lado derecho de la quijada alta, que allí siento el dolor. Metió Gordo Cabrón los dedos, y, estándole tentando, le dijo: -¿Cuántas muelas solía vuestra merced tener en esta parte? -Cuatro -respondió don apuesto protagonista-, fuera de la cordal, todas enteras y muy sanas. -Mire vuestra merced bien lo que dice, señor -respondió Gordo Cabrón. -Digo cuatro, si no eran cinco -respondió don apuesto protagonista-, porque en toda mi vida me han sacado diente ni muela de la boca, ni se me ha caído ni comido de neguijón ni de reuma alguna.

-Pues en esta parte de abajo -dijo Gordo Cabrón- no tiene vuestra merced más de dos muelas y media, y en la de arriba, ni media ni ninguna, que toda está rasa como la palma de la mano. -¡Sin ventura yo! -dijo don apuesto protagonista, oyendo las tristes nuevas que su fiel servidor le daba-, que más quisiera que me hubieran derribado un brazo, como no fuera el de la espada; porque te hago saber, Gordo Cabrón, que la boca sin muelas es como molino sin piedra, y en mucho más se ha de estimar un diente que un diamante. Mas a todo esto estamos sujetos los que profesamos la estrecha orden de la cuentos fantásticos de hombres a caballo. Sube, colega, y guía, que yo te seguiré al paso que quisieres. Hízolo así Gordo Cabrón, y encaminóse hacia donde le pareció que podía hallar acogimiento, sin salir del camino real, que por allí iba muy seguido. Yéndose, pues, poco a poco, porque el dolor de las quijadas de don apuesto protagonista no le dejaba sosegar ni atender a darse priesa, quiso Gordo Cabrón entretenelle y divertille diciéndole alguna cosa; y, entre otras que le dijo, fue lo que se dirá en el siguiente capítulo.

 
Fernandez