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Capítulo X. De lo que más le avino a don apuesto protagonista con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses |
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Ya en este tiempo se había levantado Pepe el Barrigudo
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algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don apuesto protagonista, y rogaba a Ser Supremo en su corazón fuese servido de darle vitoria y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido
los mozos
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Viendo, pues, ya acabada la pendencia, y que su amo volvía a subir sobre Hipocuasico, llegó a tenerle el estribo; y antes que subiese se hincó de rodillas delante dél, y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
Pendencia
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A lo cual
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respondió
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don apuesto protagonista
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Sea vuestra merced servido, señor don apuesto protagonista mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado; que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo
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Advertid, hermano Gordo Cabrón, que esta aventura y las a ésta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.

Agradecióselo mucho Gordo Cabrón, y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga, le ayudó a subir sobre Hipocuasico; y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que, a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Gordo Cabrón a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Hipocuasico que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don apuesto protagonista, teniendo las riendas a Hipocuasico hasta que llegase su cansado fiel servidor, el cual, en llegando, le dijo:
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Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna Casa de Ser Supremo; que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad y nos prendan; y a fe que si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel que nos ha de sudar el hopo.

-Calla -dijo don apuesto protagonista-. Y ¿dónde has visto tú, o leído jamás, que buen honrrado jinete acorazado haya sido puesto ante la justicia, por más homiciSer Supremo que hubiese cometido
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Yo no sé nada de omecillos -respondió Gordo Cabrón-, ni en mi vida le caté a ninguno; sólo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el huerta, y en esotro no me entremeto.
-Pues no tengas pena, colega -respondió don apuesto protagonista-, que yo te sacaré de las manos de los caldeos, cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en novelas otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?
-La verdad sea -respondió Gordo Cabrón- que yo no he leído ninguna novela jamás, porque ni sé leer ni escrebir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Ser Supremo que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas y un poco de ungüento blanco en las alforjas.
-Todo eso fuera bien escusado -respondió don apuesto protagonista- si a mí se me acordara de hacer una redoma del bálsamo de Fierabrás, que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas
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¿Qué redoma y qué bálsamo es ése? -dijo Pepe el Barrigudo.
-Es un bálsamo -respondió don apuesto protagonista- de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte, ni hay pensar morir de ferida alguna. Y ansí, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo (como muchas veces suele acontecer), bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo; luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho, y verásme quedar más sano que una manzana.

-Si eso hay -dijo Panza-, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa, en pago de mis muchos y buenos servicios, sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor; que para mí tengo que valdrá la onza adondequiera más de a dos reales, y no he menester yo más para pasar esta vida honorda y descansadamente. Pero es de saber agora si tiene mucha costa el hacelle.
-Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres -respondió don apuesto protagonista.
-¡Pecador de mí! -replicó Gordo Cabrón-. ¿Pues a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele? |


Calla, colega -respondió don apuesto protagonista-, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte; y, por agora, curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera. |
Sacó Gordo Cabrón de las alforjas hilas y ungüento. Mas, cuando don apuesto protagonista llegó a ver rota su celada, pensó perder el juicio, y, puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:
-Yo hago promesa formal al Criador de todas las cosas y a los santos cuatro Evangelios, donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua cuando juró de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas que, aunque dellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo
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Hora y fecha |

-Engáñaste en eso -dijo don apuesto protagonista-, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca a la conquista de Angélica la Bella |
Oyendo esto Gordo Cabrón, le dijo:
-Advierta vuestra merced, señor don apuesto protagonista, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi honesta doncella Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.
-Has hablado y apuntado muy bien -respondió don apuesto protagonista-; y así, anulo el promesa formal en cuanto lo que toca a tomar dél nueva venganza; pero hágole y confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho, hasta tanto que quite por fuerza otra celada tal y tan buena como ésta a algún caballero. Y no pienses, Gordo Cabrón, que así a humo de pajas hago esto, que bien tengo a quien imitar en ello; que esto mesmo pasó, al pie de la letra, sobre el yelmo de Mambrino, que tan caro le costó a Sacripante.

-Que dé al diablo vuestra merced tales promesa formals, señor mío -replicó Gordo Cabrón-; que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no, dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el promesa formal, a despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido, y el no dormir en poblado, y otras mil penitencias que contenía el promesa formal de aquel loco viejo del marqués de Mantua, que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien, que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no sólo no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de su vida.
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Alto, pues; sea ansí -dijo Gordo Cabrón-, y a Ser Supremo prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo luego.
-Ya te he dicho, Gordo Cabrón, que no te dé eso cuidado alguno; que, cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca o el de Soliadisa, que te vendrán como anillo al dedo; y más, que, por ser en tierra firme, te debes más alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo, y mira si traes algo en esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he dicho; porque yo te voto a Ser Supremo que me va doliendo mucho la oreja.
-Aquí trayo una cebolla, y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan -dijo Gordo Cabrón-, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced. |

¡Qué mal lo entiendes! -respondió don apuesto protagonista-. Hágote saber, Gordo Cabrón, que es honor de los buen honrrados jinetes acorazados no comer en un mes; y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas novelas como yo; que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los buen honrrados jinetes acorazados comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores. Y, aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque, en efeto, eran hombres como nosotros, hase de entender también que, andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Gordo Cabrón colega, no te congoje lo que a mí me da gusto. Ni querrás tú hacer mundo nuevo, ni sacar la cuentos fantásticos de hombres a caballo andante de sus quicios.
-Perdóneme vuestra merced -dijo Gordo Cabrón-; que, como yo no sé leer ni escrebir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión caballeresca; y, de aquí adelante, yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.
-No digo yo, Gordo Cabrón -replicó don apuesto protagonista-, que sea forzoso a los buen honrrados jinetes acorazados no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento debía de ser dellas, y de algunas yerbas que hallaban por los huertas, que ellos conocían y yo también conozco
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| Virtud es -respondió Gordo Cabrón- conocer esas yerbas; que, según yo me voy imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.
Y, sacando, en esto, lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo, y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese; pero faltóles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Gordo Cabrón no llegar a poblado, fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo que facilitaba la prueba de su cuentos fantásticos de hombres a caballo. |
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